Es curioso, durante mucho tiempo (desde los 11 años más o menos) escribí, deseché, extravié y guardé textos de todo tipo. Tenía cuadernos que a mí se me figuraba que eran libros. Es curioso porque la necesidad de comunicarme se agotaba en la escritura misma. Compartirlos me era más o menos indiferente. Escribirlos era una aventura personal de inmersión en el mundo y construía, es claro, a mis interlocutores: mis “lectores modelo”, con los cuales entraba imaginariamente en contacto. No tenía un recelo en particular para compartir de manera efectiva mis textos, y algunas veces lo hice. No tenía clara del todo, ni siquiera, la noción del escritor. Ni cuando leía. Para mí el escritor, en el caso de la novela, o de la poesía, era un ente que existía en toda la novela o en todo el poema. No pensaba en que tuviera una existencia particular en el mundo (aunque de algún modo lo asumiera). No importaba si estaba vivo o no: existía para mí, como digo, en su escritura. Me gustaba mostrar, en cambio, mis dibujos, eso sí.
Entre los 14 y los 16 escribí mi primer intento de novela en una libreta que desheché. A los 18 estuve en el taller literario de la UNAM que coordinaban, en narrativa Miguel Donoso Pareja, y en poesía, Juan Bañuelos. Lo tomábamos en un piso de la Torre de Rectoría. ¿El 5?, ¿el 7? Había que usar el elevador.
No me veía como un escritor, en ese entonces, pero los escritores comenzaron a tener un existencia más concreta para mí. Uno de los cuentos que publiqué en mi primer libro surgió en ese taller: “El águila”. De todos modos mi visión de la escritura era casi la misma. Aunque tenía más curiosidad, y escuchar los textos de otros participantes del taller me ubicaba en relación con una comunidad, que publicaba en una revista (Punto de partida), no llegué a verme en la perspectiva del escritor. Me veía en la perspectiva del músico o el pintor. Escribir era, más bien, otra forma de la lectura.
Ni músico ni pintor: me hice arquitecto, y no porque prefiriera la arquitectura, sino porque parecía más práctico, más aceptable, y porque la parte de la imaginación sí me gustaba: la del diseño y las técnicas de representación. Nunca dejé de leer literatura durante ese tiempo, ni de bocetar textos. Más tarde me fui de la ciudad de México, y en Morelia quedé entre los finalistas de un concurso, así que publiqué mi primer cuento en un periódico, o en el suplemento de un periódico del cual nunca tuve un ejemplar. Tenía 27 años. Había hecho muchas cosas, pero no había publicado. Un año más tarde, en Guadalajara entré en contacto con el taller de Elías Nandino y comencé a publicar con más frecuencia, en revistas literarias, suplementos culturales y antologías en donde publicábamos todos. Para mí resultaba suficiente. Me bastaba, y hasta me sobraba con mis amigos lectores de la efervescente comunidad literaria y algún público escaso que se presentaba a las lecturas y presentaciones. Trabajaba en proyecto arquitectónico.
Desde Morelia, por 1979, ya tenía una colección de cuentos, y para 1982 casi los publiqué en libro con el Departamento de Bellas Artes de Jalisco. Lo titulé “Viaje nocturno”. Revisé galeras, y hasta se corrigieron. Luis Fernando y Marisa diseñaron la portada: un globo aerostático que pendía de un foco. Era una composición mixta que utilizaba el collage. A mí me encantó. Luis Alberto Navarro era el responsable del área de literatura y de edición, pero en eso salió de Bellas Artes y el libro se suspendió. Injusticia poética.
Aún así en 1985 publiqué una plaquette de poesía de extenuante título: Observador frente a un dilatado campo de golf, con una editorial independiente: La Ballena Blanca, en donde estaban involucrados Gabriel Magaña y Luis Fernando Ortega Aún tengo algunos ejemplares y me gustan mucho: impresos a dos tintas en interiores y con portada en serigrafía.
En 1986 publiqué un poemario, “De brazos cruzados” en un libro colectivo editado por la UNAM/ISSSTE/INBA, junto con Luis Alberto Navarro y Salomón Villaseñor: La señal y los días; y en 1990 otra plaquette de poesía: Transvisiones, con el Departamento de Bellas Artes de Jalisco.
Hasta entonces es que comencé a verme en una perspectiva de escritor. Insistí con diversas editoriales para publicar el libro, pero no sucedió nada sino hasta 1997, gracias al interés de Vicente Quirarte, que era director editorial de la UNAM. Apareció en la colección Confabulario, y conservé el título original: Viaje nocturno. En el camino hice muchas, muchas otras cosas, tantas que siento que he vivido varias vidas distintas. Me formé como guionista de cine en la U. de G., dirigí un cortometraje en 16 mm., exploré la publicidad, hice radio y video, fotografía, diseño gráfico, continué en proyecto arquitectónico, hasta 1995, porque en Oaxaca, a donde me mudé, no era bien pagado. Resultó una excelente oportunidad para dejarlo. Comencé a dar clases de literatura y de historia del arte en bachillerato. Antes había hecho montañismo, pinté, acuarela sobre todo, expusé y vendí. Nació Edgar, mi hijo mayor y creció conmigo desde los 4 años. Hice una especialidad en psicoterapia Gestalt, una licenciatura en lingüística aplicada a la enseñanza de lenguas, una maestría en literatura mexicana, un especialidad en competencias docentes, y seguí escribiendo.
Arrastré una novela que escribí en Guadalajara, y que terminé de revisar y corregir en Oaxaca. Bailé la ronda de las editoriales sin resultado. No confiaba en los concursos literarios. La novela era larga en su primera versión, pero pulí todo lo catártico. Quedó una novela corta, de unas 130 páginas, que me pareció aceptable. La mandé al concurso “Rosario Castellanos”, y luego al “Juan Rulfo”, los dos de novela corta. Gané el “Juan Rulfo” en el 2001 y al año siguiente Editorial Lectorum ya la tenía en circulación, coeditada con Conaculta. La novela: Esta ilusión real. En 2003 obtuve el premio internacional”Sergio Galindo”, de Veracruz, de novela, con En los dedos de la mariposa, que tuvo un más o menos largo peregrinar para su publicación, pero que finalmente logró interesar a Ediciones Era. La editaron en 2007. Otro premio: el “Agustín Yáñez”, de Jalisco, por el libro de cuentos “Moscas”, que iba a publicar la Secretaría de Cultura de Jalisco, pero se quedó estancado y lo retiré. Ahora espera en el limbo de los libros que no son libros, o más bien en el purgatorio. Quedé finalista en el Premio Hispanoamericano de Novela La otra orilla, 2010, del grupo Editorial Norma, y se publicó, por ellos mismos en 2011.
Tengo otros no-libros escritos que vagan también, buscando su lugar, su momento y sus lectores, recorriendo concursos y dictámenes en las editoriales. No parecen cansados aún. Son tres novelas, dos libros de cuentos, dos de minificción, y unos 3 o 4, creo, de poesía. Tal vez acaben por convertirse en uno solo, o mejor, en ninguno. Ya veremos.



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